el caracol introducción
esta carta se ha escrito durante muchos días
Vamos a tomarnos esto como si fuese una carta;
Hola a todas y bienvenidas, ahora sí, a El Caracol.
Luni me decía sobre París muchas cosas, pero entre otras me repitió que llueve mucho. Yo entonces le quitaba importancia por dentro, y pensaba que eso era una cosa que podía pasar, pero que no tenía por qué. Siempre que yo he pisado París ha hecho sol. Supongo que es natural generalizar las situaciones vividas. Como si habiendo existido yo en París un total de ocho o nueve días en toda mi vida, tuviese la capacidad y legitimidad de predecir el tiempo. No ha sido así.
Cuando en primero de carrera tuvimos que hacer una portada para una revista en la asignatura de diseño gráfico, yo acabé eligiendo una sobre poesía. Tras una investigación sobre revistas poéticas (la palabra revista a veces me parece arcaica, la palabra poéticas a veces más), me llamó la atención que muchas de ellas tenían nombres de animales, seguidos de un adjetivo. Estuve barajando entre varias ideas; lince, caracol, ballena… pero muchas existían ya, y en aquel momento había un miedo atroz a suspender el trabajo de diseño gráfico, como si nuestro querido profesor fuese a dedicar un minuto de su vida (el que no dedicaba a responder correos) a buscar en internet qué revistas poéticas existían durante los años 30 en Chile y me fuese a suspender por ello. Al final, no sé bien por qué, llegó a mi cabeza “armadillo estridente”. Fue el trabajo en el que mejor nota tuve, y ahora cuando pienso animales con adjetivos extraños me viene a la cabeza la poesía. Bueno, la poesía me viene a la cabeza siempre.
Me gusta ponerle nombres a las cosas. Creo que cuando escribo un poema o hago una foto lo que más disfruto es inventar el nombre. Tengo conversaciones con gente, y alguien dice algo y yo pienso; es un buen nombre para un grupo. O para un libro. O para una revista. O para un cuadro. Cualquier cosa puede ser un buen nombre si lo justificas lo suficiente. O de hecho si no lo justificas en absoluto. La justificación funciona sobre todo a los autores; para autoconvencernos de que lo que estamos haciendo tiene un por qué de peso, una razón más allá del mero momento de lucidez en el que se nos ocurra.
De las primeras semanas que estuve aquí en París, fui con Amanda a la house of braziI de los juegos olímpicos. Es el primer día que recuerdo la lluvia. Después de eso, han seguido muchos otros. (Aunque justo ahora mismo esté sentada en una cafetería donde hace 10 minutos daba el sol, con Daniela, mi compi de piso, mientras cada una teclea en su ordenador). Volviendo al primer día de lluvia, nada más salir del metro nos encontramos la calzada llena de caracoles. Caminamos con cuidado para no pisar ninguno. Saqué una foto al pensar que hacía mucho que no veía un caracol. Antes de aquel día de lluvia, realmente hacía mucho tiempo que no veía un caracol. Lo sentí algo casi de la infancia, ligado a un evento extraordinario en el patio del cole, o a el jardín en verano después de la lluvia. Le mandé una foto a Luna en la que le escribí; la vida lenta de parís! Y luego escribí más para mí; un poco de esperanza, porque en parís también hay cosas que van despacio.
La semana pasada escribiendo una carta que sé que aún no ha sido abierta, me vino a la cabeza la idea del caracol. Los caracoles salen cuando llueve, y se arrastran despacio por el suelo, a velocidad constante. Aparecen debajo de las cosas, no huyen cuando los observas. A ningún caracol parece que le duela la barriga por el contacto con el suelo. Los caracoles dejan rastro.
Yo, chica mediterránea a más no poder, consideraba la lluvia un motivo suficiente para no salir de casa. Y acostumbrada también a mi ciudad pequeñita bañada de sol, entendía la vida como una carrera física contra Google Maps, y las distancias como algo siempre asequible a las piernas. Todos los lugares a donde quería ir podía verlos (en su mayoría) desde la ventana de mi cuarto.
Ahora las cosas son otras cosas. Si entiendo la lluvia como barrera al mundo, me pasaré el erasmus entre cuatro paredes, y si pretendo correr a todos lados, acabaré tan cansada que no valdrá la pena haber llegado. Ahora, en esta ciudad grande que tiene una luz más azul que naranja, salgo cuando llueve como si hiciese sol, y me desplazo a velocidad constante porque cojo el metro. Ahora desde mi ventana veo muchas cosas, pero desde luego no tantos sitios como a los que voy. Ahora yo soy más pequeña, o la ciudad es cada vez más grande.
Cuando era pequeña, había un cuento en la estantería de mi casa de esos que puedes levantar pestañas y sigue habiendo cuento debajo. No recuerdo el nombre pero juraría que iba sobre las casas de los insectos. Desplegabas hacia abajo el hormiguero de las hormigas, y alguna cosa más que ahora no recuerdo. (Siento esta memoria abriéndose camino al escribir sobre ella, como si fuese rascar poco a poco un rasca y gana, o desempañar tras la ducha el espejo del baño). Recuerdo también bastante las dos páginas del caracol. La manera en la que levantabas el caparazón y estaba por dentro dividido en habitaciones; una casa. No recuerdo el dibujo nítido, pero imagino ahora que para entrar habría que, como mínimo, seguir una espiral, ¿no? Para entrar ahora a mi casa hay que subir seis pisos de escaleras de caracol.
Al acabar primero de carrera, Julia me explicó que yo no me iba a ir de mi cuarto, sino que lo recogía y me lo llevaba conmigo. En junio de segundo, entendí que la memoria de una casa es tanta como el amor que haya habido, y fue acabando tercero cuando llegó el aprendizaje de que las casas también pueden tener patitas. Parece que al final mi aprendizaje más grande de la carrera está siendo un análisis escrupuloso sobre la forma, lugar, y peso de los hogares. Parece que siempre hay enseñanza sobre eso, que se suma a la anterior en cada final de curso. Hoy, todavía en octubre y muy lejos del final, hay una pequeña rendija por la que miro y observo y de repente me rodeo de personas que viven lejos de su casa. Y pienso en Cardipi, que ya no vive en casa, y en Charlie, que ya no vive en casa, y en Daniela, que su casa está al otro lado del océano, y en muchas de mis amigas que después de bambar por muchas casas, no han vuelto a la suya. Pienso entonces, dónde está la casa. Y una voz pequeñita y sutil, así como hablan los franceses, me susurra que en la espalda. Así, llega el caracol.
Estoy aprendiendo a salir cuando llueve,
a caminar lento y rozar el suelo,
a tocar la tierra.
Estoy aprendiendo que la casa se mueve,
que la casa es pequeña
que la casa es enorme
Estoy aprendiendo a estar en casa,
a que con eso baste,
llueva o no llueva.
Aprendo, poco a poco,
a observar tranquila,
a rozar el suelo.
Aprendo a estar lejos,
y que no haya prisa en la vuelta.
A que aunque esté lejos,
siempre hay una vuelta.
Bienvenidas y bienvenidos, ahora sí, a El Caracol.
Los caracoles salen cuando llueve y llevan la casa a las espaldas. Se desplazan lento y dejan rastro. Son húmedos y blandos. (Como mi poema del corazón, curioso). ¿Y yo, qué? Mi psicóloga dice que cuando hablamos de otros objetos en verdad estamos hablando de nosotras.
Esperemos que mi constancia para escribir sea algo más frecuente que la de estas semanas. Gracias por leerme y participar en esta casa.
Un abrazo fuerte,
Serena



Quien nos iba a decir que la incontrolable Campanilla, la indomable Josephine March, se recrearía en la belleza del ritmo pausado y constante de un caracol.
Tal vez, la ciudad grande donde llueve mas de lo que pensabas, sabe que tu tiempo allí es importante y quiere que saborees cada momento... 🥰❤️
En la vorágine de estos días de trabajo intenso, he parado para leerte enseguida (siempre lo hago en cuanto sé que algo has dejado escrito) y me he descubierto en una lectura pausada, a velocidad constante, en silencio (exterior e interior)... he sido un caracol en la ciudad pequeña en la que llueve poco. ¡Cómo nos acercan las palabras, sobre todo unas palabras como las tuyas, siempre!